Un hombre va
paseando por una vía férrea, cuando de pronto un pie se le queda aprisionado
entre dos durmientes. Intenta sacarlo, pero sólo consigue encajarlo más. En eso
ve que un tren se acerca a toda máquina y, lleno de pavor, se pone a rezar: -¡Dios
mío, permíteme sacar el pie y te prometo dejar de beber! Pero, por más que
forcejea, el pie sigue atorado. Vuelve a rezar: -¡Apiádate de mí, Señor! No
sólo dejaré de beber, sino que ya no diré palabrotas. Pero el pie no se mueve
ni un milímetro. -¡Dios mío! –Insiste el hombre-. ¡Permíteme vivir y dejaré de
beber y de decir palabrotas, y además te prometo repartir mi dinero entre los
pobres! Entonces, como por arte de magia, el pie se suelta, justo a tiempo para
que el hombre esquive el tren, que pasa rugiendo. -¡Uf! –dice-. Aunque me las
arreglé yo solo, de todos modos gracias, Señor.
