En la antigua
China, el pueblo quería seguridad contra las hordas bárbaras del norte, y por
eso construyeron la gran muralla. Era tan alta que creían que nadie podría
treparla y tan gruesa que nada podría derribarla. Se dispusieron a disfrutar de
su seguridad. Durante los primeros quinientos años de la existencia de la
muralla, China fue invadida tres veces. Ni una sola vez las hordas bárbaras
derribaron la muralla o treparon por ella. En cada ocasión sobornaron a un portero
y entraron por las puertas. Los chinos estaban tan ocupados confiando en la
muralla que olvidaron enseñar integridad a sus hijos.
