En la noche del
14 de abril de 1912, el gran trasatlántico Titanic chocó contra un iceberg en
el océano Atlántico y se hundió, causando la pérdida de muchas vidas. Una mujer
que consiguió un asiento en uno de los botes salvavidas preguntó si podía
regresar a su camarote por algo que se había olvidado y le dieron exactamente
tres minutos para hacerlo. Corrió por los pasillos pisoteando dinero y piedras
preciosas tiradas por todas partes que los pasajeros en su prisa habían dejado
caer. Ya en su camarote, pasó por alto sus propias joyas y en vez de ellas tomó
tres naranjas. Entonces volvió rápido a su lugar en el bote. Sólo unas horas
antes hubiera sido ridículo pensar que ella hubiera aceptado una canasta de
naranjas a cambio de siquiera uno de sus más pequeños diamantes, pero las
circunstancias habían transformado de repente todos los valores a bordo del
barco.
