“Jesús dijo: —“El reino de Dios es como un hombre que esparce
semilla en la tierra: descansa en las noches y se levanta durante el día. Y
todo el tiempo, de día y de noche, la semilla sigue germinando y creciendo.
Pero el hombre no sabe cómo crece la semilla. La tierra produce el grano por sí
misma: primero el tallo, luego la espiga y finalmente el grano que llena la
espiga. Cuando el grano está maduro, el hombre lo recoge porque ya es tiempo de
cosechar”. El misterio oculto del crecimiento de la semilla se aplica a la vida
de cada uno de nosotros. Crecemos durante las noches que tipifican las
experiencias de oscuridad: pruebas, enfermedades, tristezas, etc. Y también
crecemos durante el día con todas aquellas experiencias agradables como la
salud, las metas alcanzadas y toda clase de bendiciones. Nuestro crecimiento está
más allá de una mera comprensión humana porque es gradual y no ocurre todo a la
vez sino paso a paso hasta llegar a la etapa culminante de madurar. Madurez
requerida para entender que no siempre nuestros esfuerzos obtendrán el éxito
esperado y que fácilmente podemos caer en el cansancio y desaliento que
constantemente son resultados de un mundo que exacerba el sentido de la propia
eficacia, el éxito personal y siempre presume que todo depende de la actividad
humana.
