La televisión, altamente criticada por la alienación que produce
la tecnología y los medios en manos del interés económico y político, es en
gran medida una máquina de desinformación y, consecuentemente, de manipulación
de la opinión de las personas. La televisión utiliza el viejo esquema de
pensamiento sobre lo que representa la transmisión del saber: un emisor
(persona o institución), como fuente del saber y utilizando una canal de
información, y un receptor, que recibe y registra la información de forma transparente
y sin obstáculo alguno. Así, para que este sistema funcione solo es necesario
que la fuente sea fiable, sinceridad en lo que se transmite y verificación
sólida de la información. Si nos adentramos en el terreno de la moral, es
decir, obligación del que porta el saber de transmitirlo a los otros, la
cuestión se convierte en un deber solidario. ¡Eso dice la teoría! Por supuesto,
la cosa no es tan simple, incluso aceptando que en una sociedad jerarquizada y
plagada de intereses económicos, la transmisión de la información suele estar,
de manera más o menos evidente, al servicio de los beneficios de una minoría
que regenta el poder. Nadie puede dudar demasiado que informar es tratar de
influir en la opinión del otro. El inmenso poder e influencia de la televisión
a través de la publicidad, las enormes sumas de dinero que ésta maneja, los
efectos dañinos que produce sobre el espectador medio, el injusto papel que
atribuye a la mujer, la desvergüenza de su simbología sexual o las perversas
estrategias para despertar necesidades, son sus males habituales atribuidos.
