Para ello lo mejor, al menos por ahora, es que nos olvidemos de
todo: de los domingos en casa, de las películas compartidas en las que yo
siempre me dormía, de las comidas que nunca más haremos. Dejemos ir los sueños
que no hemos cumplido, mi mal humor que impedía tu sonrisa, la tristeza,
nuestra alegría. Pasemos página. Digamos adiós a las ciudades que nos vieron juntos, a las primeras
veces que siempre seguirán siendo, a lo que me has enseñado y a lo que pude
haberte enseñado. Partamos de cero. Te libero de mí, de la misma manera que
consigue hacerlo cada rincón que nos vio algún día y ya no nos ve. Me despido sin saber hacerlo del todo, porque sé que es
obligatorio si no quiero que la despedida sea hacia a mí, definitivamente.
Estoy seguro de que en esto también estás de acuerdo: si no podemos ser como
quisimos, lo más sano es que seamos de otra manera; y si ahora no hay manera,
lo único que puede curarnos es que no seamos. (Fin)
