No me va tan mal, te lo aseguro. He descubierto gente que me hace
reír, mucho. He vuelto a encontrarme, por las mañanas, cuando no estás a la
hora del café; por las tardes, cuando vuelvo de trabajar y debajo de la manta
no hay nadie… No me va tan mal, créeme. Estoy bien, aunque te sigo viendo una
décima de segundo en cada café, cada vez que cojo esa manta y busco algo en lo
que apoyarme. Te lo digo: no es lo mismo ser que estar y tú ya no estás, pero
sigues siendo. Estoy bien, he abierto los brazos para llenarlos de recuerdos
nuevos en los que no aparezcas tú; y, sin embargo, te confieso: aún no tengo
los suficientes como para dejar de sentir frío. También me han dicho por ahí -y esta es la verdadera función de
este escrito- que la mejor forma de acabar con el dolor es liberándolo. Por
ello, sin rencor y sin odio, te ofrezco toda la libertad que necesites: no me
refiero a algo que ya está claro, que te has ido; sino a dejarte ser de verdad,
sin culpas ni remordimientos, sin más llantos…. (Continuará)
