Tres elementos
forman la personalidad de cada individuo: (1) La herencia biológica a través de la cual las generaciones
precedentes le transmiten funciones mentales para distinguir, reconocer e
imitar. (2) La educación que es el
resultado de múltiples influencias del medio social en el que el individuo está
obligado a vivir y (3) La variación
individual cuyas experiencias personales marcará la diferencia entre un ser
mediocre y un ser superior. Y es precisamente la variación la que marca la
originalidad porque variar es ser alguien! no un reflejo de los demás. Diferenciarse
es tener un carácter propio no una paciencia imitativa. Fácilmente el mediocre
se confunde entre los que lo rodean, el original tiende a diferenciarse del montón.
El mediocre piensa con la cabeza de los demás, el original aspira a pensar con
la propia. Si tuviéramos que recapitular: El hombre mediocre se caracteriza por
(1) imitar a cuantos lo rodean, (2) pensar con cabeza ajena y (3) ser incapaz
de forjarse ideales propios en cambio el hombre superior (1) es un accidente
provechoso para la evolución humana, (2) precursor de nuevas formas de perfección
para el medio en el que vive y (3) sobrepone sus ideales a las rutinas de los demás.
La mediocridad tiene su propia familia: su hermana es la rutina, su abuela la zona de confort y
su madre la pereza quien es a su vez la madre de todos los vicios. Incapaz de
un “si o un “no” y ausente de compromiso, la mediocridad se vuelve peligrosa
porque se vuelve soportable y se puede vivir con ella, y peor aún: se puede
heredar!. La única manera de “asesinar” a la mediocridad es a través de un
corazón valiente que adquiera nuevos hábitos de excelencia.
