jueves, 3 de agosto de 2017
El valor del ser humano
Le preguntaron al gran matemático árabe Al-Khawarizmi sobre el
valor del ser humano, y este respondió:
Si tiene ética, su valor es igual 1.
Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será igual
10.
Si también es rico, súmele otro 0 y será igual 100.
Si por sobre todo eso es además una bella persona, agréguele un 0
más y su valor es igual a 1000.
Sin embargo, si pierde el 1 (que corresponde a la ética), perderá
todo su valor pues, solamente le quedarán los ceros.
El privilegio de servir
Jesús dijo: “Ninguno de ustedes que tenga un esclavo, le dice:
“Ven, siéntate a comer”, cuando este regresa de trabajar en el campo, o de
cuidar las ovejas. Más bien, le dice: “Prepárame la cena. Quiero que estés
atento a servirme, hasta que yo termine de comer y de beber. Ya después podrás
comer y beber tú.” Tampoco le da las gracias por cumplir con sus órdenes. De
modo que, cuando ustedes hayan hecho todo lo que Dios les ordena, no esperen
que él les dé las gracias. Más bien, piensen: “Nosotros somos sólo sirvientes;
no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación”. Si obedecemos a Dios, solo cumplimos con nuestra obligación y debemos
considerarlo un privilegio. ¿Sintió alguna vez que merece un crédito extra por
servir a Dios? La obediencia es nuestro deber, no un acto de caridad. Jesús no
considera nuestro servicio sin sentido ni inútil, ni nos deja sin recompensa. Sin embargo, ataca la injustificable autoestima y el orgullo espiritual. Nuestro
Señor mostró a sus discípulos la necesidad de tener una profunda humildad. Jesús
enseñó y demostró una actitud diferente al servir él mismo a los discípulos
(Juan 13:1-16) cuando lavó sus pies… El Señor tiene derecho sobre toda criatura
como ningún hombre puede tenerla sobre otro; Él no puede estar endeudado con
ellos por sus servicios, ni ellos merecen ninguna recompensa suya. Los siervos
que han completado su deber no tienen derecho a esperar más que la paga
acordada y sentirse inútiles en el sentido de que no tenían nada de qué
jactarse.
miércoles, 2 de agosto de 2017
Oportunidades e infortunios
Salomón dijo en Eclesiastés 9: 11, que había sido testigo de cinco
injusticias que tiene esta vida: “(1) El que corre más rápido no siempre gana
la carrera; (2) El ejército más poderoso no siempre gana la batalla; (3) El más
sabio no siempre consigue dejar de ser pobre; (4) El más inteligente no siempre
consigue hacerse rico y (5) Una persona bien instruida no siempre tiene éxito en la
vida. Todo depende de estar en el lugar correcto en el momento oportuno”. En
síntesis, ninguno de los cinco logros recibe la recompensa que merece porque
dos factores limitan el éxito: el tiempo y el hecho inesperado ¡Todos
dependemos de oportunidades e infortunios! Cuando se ven casos así, la gente
dice que la vida es injusta, y tienen razón. El mundo es finito y el pecado ha
torcido la vida, haciendo de ella todo lo contrario a lo que es el propósito de
Dios. Debemos mantener nuestra perspectiva. Si no se espera demasiado de la
sabiduría ésta tiene su valor para el ser humano, valor que no depende del
reconocimiento social de la sabiduría sino de la íntima satisfacción del que
puede hacer un uso adecuado de ella. Nuestra sociedad sitúa la riqueza, la
belleza física y el éxito por encima de la sabiduría. Sin embargo, la sabiduría
es un bien mayor que la fortaleza, a pesar de que con frecuencia las masas no
lo reconocen. El éxito de los hombres rara vez iguala a sus expectativas.
Debemos usar los medios, pero no confiar en ellos: si triunfamos debemos alabar
a Dios; si fracasamos, debemos someternos a su voluntad. No deje que las
injusticias de la vida le impidan realizar un trabajo serio y dedicado.
El dueño de la viña
Jesús dijo: "El reino de Dios es como el dueño de una finca
que salió bien temprano a contratar trabajadores para trabajar en su viñedo con
los cuales acordó el pago por día de trabajo. "Casi a las nueve de la
mañana contrató a otros hombres que estaban en la plaza de mercado sin hacer
nada. Como a eso del mediodía y de nuevo como a las tres de la tarde contrató a
más trabajadores. Cuando eran las cinco encontró a otros desocupados en la
plaza de mercado. Él les preguntó: '¿Por qué ustedes no hacen nada en todo el
día?' "Ellos le dijeron: 'Es que nadie nos da trabajo'. "Él les dijo:
'Vayan a trabajar en mi viñedo'. "Cuando se hizo de noche, el dueño le
dijo al encargado: 'Llama a los trabajadores y págales. Empieza desde los
últimos que se contrataron hasta los que se contrataron al principio'. "Entonces,
vinieron los que se habían contratado a las cinco de la tarde y cada uno
recibió el pago de un día. Cuando llegaron los primeros que se habían
contratado, creyeron que les iban a pagar más, pero recibieron el mismo pago y empezaron
a quejarse con el dueño del terreno: 'Los últimos que se contrataron sólo
trabajaron una hora y usted les pagó lo mismo que a nosotros que trabajamos
todo el día aguantando el calor' ¡No es justo! "El dueño le contestó a uno
de ellos: 'Amigo, yo no soy injusto contigo. ¿No nos pusimos de acuerdo en que
yo te daría el pago por un día de trabajo? Toma lo que es tuyo y vete a tu
casa. Al último que contraté quiero darle lo mismo que te pague a ti. ¿No tengo
derecho de hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O es que estás celoso porque soy
bueno con los demás?' "Así es que los últimos serán los primeros y los
primeros serán los últimos".
El àrbol de los problemas
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una
vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora
eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y luego su antiguo
camión se negó a arrancar. Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio.
Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos
a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas
de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, ocurrió una
sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó
a sus dos pequeños hijos y le dio un
beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta mi automóvil. Cuando pasamos
cerca del árbol, sentí curiosidad y le
pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes. “Oh, ese
es mi árbol de problemas”, contestó. Sé que yo no puedo evitar tener problemas
en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa,
ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada
noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez. Lo divertido
es, añadió sonriendo, que cuando salgo en la mañana a recogerlos ¡No hay tantos
como los que recuerdo haber colgado la noche anterior!
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