jueves, 3 de agosto de 2017

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El valor del ser humano



Le preguntaron al gran matemático árabe Al-Khawarizmi sobre el valor del ser humano, y este respondió:
Si tiene ética, su valor es igual 1.
Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será igual 10.
Si también es rico, súmele otro 0 y será igual 100.
Si por sobre todo eso es además una bella persona, agréguele un 0 más y su valor es igual a 1000.
Sin embargo, si pierde el 1 (que corresponde a la ética), perderá todo su valor pues, solamente le quedarán los ceros.


1277


El privilegio de servir


Jesús dijo: “Ninguno de ustedes que tenga un esclavo, le dice: “Ven, siéntate a comer”, cuando este regresa de trabajar en el campo, o de cuidar las ovejas. Más bien, le dice: “Prepárame la cena. Quiero que estés atento a servirme, hasta que yo termine de comer y de beber. Ya después podrás comer y beber tú.” Tampoco le da las gracias por cumplir con sus órdenes. De modo que, cuando ustedes hayan hecho todo lo que Dios les ordena, no esperen que él les dé las gracias. Más bien, piensen: “Nosotros somos sólo sirvientes; no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación”. Si obedecemos a Dios, solo cumplimos con nuestra obligación y debemos considerarlo un privilegio. ¿Sintió alguna vez que merece un crédito extra por servir a Dios? La obediencia es nuestro deber, no un acto de caridad. Jesús no considera nuestro servicio sin sentido ni inútil, ni nos deja sin recompensa. Sin embargo, ataca la injustificable autoestima y el orgullo espiritual. Nuestro Señor mostró a sus discípulos la necesidad de tener una profunda humildad. Jesús enseñó y demostró una actitud diferente al servir él mismo a los discípulos (Juan 13:1-16) cuando lavó sus pies… El Señor tiene derecho sobre toda criatura como ningún hombre puede tenerla sobre otro; Él no puede estar endeudado con ellos por sus servicios, ni ellos merecen ninguna recompensa suya. Los siervos que han completado su deber no tienen derecho a esperar más que la paga acordada y sentirse inútiles en el sentido de que no tenían nada de qué jactarse.  


miércoles, 2 de agosto de 2017

1269


Oportunidades e infortunios


Salomón dijo en Eclesiastés 9: 11, que había sido testigo de cinco injusticias que tiene esta vida: “(1) El que corre más rápido no siempre gana la carrera; (2) El ejército más poderoso no siempre gana la batalla; (3) El más sabio no siempre consigue dejar de ser pobre; (4) El más inteligente no siempre consigue hacerse rico y (5) Una persona  bien instruida no siempre tiene éxito en la vida. Todo depende de estar en el lugar correcto en el momento oportuno”. En síntesis, ninguno de los cinco logros recibe la recompensa que merece porque dos factores limitan el éxito: el tiempo y el hecho inesperado ¡Todos dependemos de oportunidades e infortunios! Cuando se ven casos así, la gente dice que la vida es injusta, y tienen razón. El mundo es finito y el pecado ha torcido la vida, haciendo de ella todo lo contrario a lo que es el propósito de Dios. Debemos mantener nuestra perspectiva. Si no se espera demasiado de la sabiduría ésta tiene su valor para el ser humano, valor que no depende del reconocimiento social de la sabiduría sino de la íntima satisfacción del que puede hacer un uso adecuado de ella. Nuestra sociedad sitúa la riqueza, la belleza física y el éxito por encima de la sabiduría. Sin embargo, la sabiduría es un bien mayor que la fortaleza, a pesar de que con frecuencia las masas no lo reconocen. El éxito de los hombres rara vez iguala a sus expectativas. Debemos usar los medios, pero no confiar en ellos: si triunfamos debemos alabar a Dios; si fracasamos, debemos someternos a su voluntad. No deje que las injusticias de la vida le impidan realizar un trabajo serio y dedicado.


1268


El dueño de la viña


Jesús dijo: "El reino de Dios es como el dueño de una finca que salió bien temprano a contratar trabajadores para trabajar en su viñedo con los cuales acordó el pago por día de trabajo. "Casi a las nueve de la mañana contrató a otros hombres que estaban en la plaza de mercado sin hacer nada. Como a eso del mediodía y de nuevo como a las tres de la tarde contrató a más trabajadores. Cuando eran las cinco encontró a otros desocupados en la plaza de mercado. Él les preguntó: '¿Por qué ustedes no hacen nada en todo el día?' "Ellos le dijeron: 'Es que nadie nos da trabajo'. "Él les dijo: 'Vayan a trabajar en mi viñedo'. "Cuando se hizo de noche, el dueño le dijo al encargado: 'Llama a los trabajadores y págales. Empieza desde los últimos que se contrataron hasta los que se contrataron al principio'. "Entonces, vinieron los que se habían contratado a las cinco de la tarde y cada uno recibió el pago de un día. Cuando llegaron los primeros que se habían contratado, creyeron que les iban a pagar más, pero recibieron el mismo pago y empezaron a quejarse con el dueño del terreno: 'Los últimos que se contrataron sólo trabajaron una hora y usted les pagó lo mismo que a nosotros que trabajamos todo el día aguantando el calor' ¡No es justo! "El dueño le contestó a uno de ellos: 'Amigo, yo no soy injusto contigo. ¿No nos pusimos de acuerdo en que yo te daría el pago por un día de trabajo? Toma lo que es tuyo y vete a tu casa. Al último que contraté quiero darle lo mismo que te pague a ti. ¿No tengo derecho de hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O es que estás celoso porque soy bueno con los demás?' "Así es que los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".



1267


El àrbol de los problemas


El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y luego su antiguo camión se negó a arrancar. Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños  hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta mi automóvil. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le  pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes. “Oh, ese es mi árbol de problemas”, contestó. Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez. Lo divertido es, añadió sonriendo, que cuando salgo en la mañana a recogerlos ¡No hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior!