En ninguna parte de la Biblia se nos dice que la reina de Saba (1
Reyes 10) fuera una mujer pagana convertida. En realidad, se nos dice bastante
para suponer que no se convirtió. Si se hubiera convertido se nos diría que al
entrar en Jerusalén se dirigió al Templo para ofrecer sacrificios al Dios de
Israel. Se nos habla de sus conversaciones con Salomón y de sus visitas a los
palacios y la contemplación de sus riquezas... y nada más. Al final de su visita
dijo: «Bendito Jehová tu Dios», lo cual distingue el de Salomón del propio. La
reina de Saba era una mujer que se interesaba en las cosas. Había oído que
había ascendido al trono de Israel un rey de profunda sabiduría, y grandes
riquezas. Quiso conocerle. Oyó al rey, disfrutó de su conversación con él,
satisfizo su curiosidad intelectual y su sentido artístico. Pero nada más. Hoy
vemos también muchos jóvenes, que sienten deseos de ampliar sus horizontes
intelectuales, de alcanzar excelencia en el mundo intelectual. Esta es una
actividad digna de elogio. Elegir ser mediocre en la vida es una triste
elección. Pero por desgracia, la mayoría de las veces, ocupadas con todos estos
oropeles se olvidan de algo: «He aquí hay uno mayor que Salomón en este lugar»
(Mateo 12: 42). Jesús les pide no que aprecien la belleza de su palabra y nada
más; les pide que le entreguen su corazón y se rindan a su servicio. Por
desgracia muy pocos están dispuestas a obedecer este punto. Pueden incluso
considerar que Jesús era mayor que Salomón. Pero no le consideran como Redentor
de su pecado y de su culpa. Por tanto, no se sienten inclinadas a adherirse a Él
ni a alabarle con agradecimiento. Se quedan donde se quedó la reina de Saba.
Van a Jerusalén, se entusiasman y se marchan.
miércoles, 26 de julio de 2017
La naranja
Un ateo dictaba una conferencia ante un gran auditorio defendiendo
la inexistencia de Dios. Después de haber finalizado su discurso, desafió a
cualquiera que tuviese preguntas a que subiera a la plataforma. Un hombre que
había sido bien conocido en la localidad por su adicción a las bebidas
alcohólicas, pero que había encontrado recientemente liberación y esperanza en
Dios, aceptó la invitación y sacando una naranja del bolsillo comenzó a pelarla
lentamente. El conferencista le pidió que hiciera la pregunta; el hombre,
continuó imperturbable pelando la naranja en silencio, al término de lo cual,
se la comió. Se dirigió al conferencista y le preguntó: "¿Estaba dulce o
agria?" "No me pregunte tonterías", respondió el orador con
señales evidentes de enojo; "¿Cómo puedo saber el gusto si no la he
probado?" Y aquel hombre regenerado por el amor de Dios le respondió: "Y
¿cómo puede usted saber algo de Dios, si nunca lo ha probado?" Dios dice:
"Juro por mi vida que, en mi presencia, todos se arrodillarán y me
alabarán" Romanos 14:11
martes, 25 de julio de 2017
La verdadera madre
1 Reyes 3 nos cuenta de dos mujeres de vida reprensible que habían
concebido y el hijo de cada una era ilegítimo. Un niño muere y el otro se lo
disputan ambas aduciendo ser la madre. La madre verdadera se opone rotundamente
al sacrificio del hijo, en cambio la segunda muestra entrañas insensibles, pues
sabía que el hijo no era suyo. Sin duda, la segunda es una mujer mucho más
depravada. Con todo, notemos que incluso ésta tiene una chispa de amor maternal
por desviado que sea: Procura poseer un hijo, aunque sepa que no es el suyo. Duele
reconocer que hoy en día no hay inconveniente por parte de algunas madres en
hacer desaparecer un hijo, antes de haber nacido, para evitar el oprobio o la
vergüenza pública que implica haber cometido una inmoralidad. Salomón se atreve
a dar una orden monstruosa porque sabía que las mujeres de su país se
rebelarían ante una orden semejante y no se equivocó. La verdadera madre cedió
sus derechos al hijo para salvarle la vida. Hoy muchas mujeres se preguntan:
¿Cómo puedo librarme del hijo? Incluso los animales, llevados por su instinto
defienden a sus hijos. Una perra defiende a sus cachorros. ¿Cómo puede, una
mujer, a sangre fría permitir que su hijo sea asesinado, o mejor dicho, cómo
puede dar orden para que su hijo sea destruido? La verdadera madre del hijo
ilegítimo es un caso ejemplar de afecto maternal, y por él merece nuestra
alabanza. Al margen de su conducta censurable en otros aspectos de su vida, la
madre verdadera del niño es un ejemplo de afecto maternal, que cuando es
contemplada por muchas madres en nuestra sociedad, debería causarles sonrojo.
La tortuga y la liebre II
Después de ser derrotada, la tortuga reflexionó detenidamente y
llegó a la conclusión de que no había forma de ganar a la liebre en velocidad.
De la manera como estaba planteada la carrera, ella siempre perdería. Por eso, desafió nuevamente a la liebre, pero
propuso correr por una ruta distinta a la anterior. La liebre aceptó y corrió a
toda velocidad, hasta que se encontró en su camino con un ancho río. La liebre
no sabía nadar y mientras se preguntaba qué podía hacer, la tortuga nadó hasta
la otra orilla, continuó a su paso lento pero constante y terminó la carrera en
primer lugar. Moraleja: "Quienes identifican su ventaja competitiva (saber
nadar) y cambian el entorno para aprovecharla, llegan primeros".
Pero la historia sigue.... Pasó el tiempo y tanto compartieron la
liebre y la tortuga que terminaron haciéndose amigas. Ambas, reconocieron que
eran buenas competidoras y decidieron repetir la última carrera, pero esta vez
corriendo en equipo. En la primera parte, la liebre cargó a la tortuga hasta
llegar al río. Allí, la tortuga atravesó el río a nado con la liebre sobre su
caparazón, y ya en la otra orilla, la
liebre cargó de nuevo a la tortuga hasta llegar a la meta. Como alcanzaron la línea de llegada en tiempo
récord, sintieron una mayor satisfacción que la que habían experimentado con
sus logros individuales. Moraleja: “Cuando dejamos de competir contra un rival
y comenzamos a competir contra una situación, no solo complementamos
capacidades, compensamos debilidades, potenciamos nuestros recursos, sino que
también obtenemos mejores resultados”.
La tortuga y la liebre I
Una tortuga y una liebre, siempre discutían sobre quién era más
rápida. Para terminar con la discusión, decidieron hacer una carrera. Eligieron una ruta y comenzaron a correr. La
liebre salió a toda velocidad y corrió enérgicamente durante un buen rato.
Luego, al ver que había sacado muchísima
ventaja, decidió sentarse debajo de un árbol para descansar unos momentos,
recuperar fuerzas y luego continuar su marcha, pero se quedó dormida. La
tortuga, que andaba con paso lento pero constante, la alcanzó, la superó y
terminó siendo la ganadora indiscutible de la carrera. Moraleja: "Los
lentos, pero constantes y perseverantes, también ganan la carrera". La
historia no termina aquí...
La liebre, decepcionada por haber perdido, hizo un examen de
conciencia y reconoció su grave error al subestimar a la tortuga. Se dio cuenta
de que por presumida y descuidada había perdido la carrera. Si no hubiese
subestimado a su oponente, nunca la hubiera podido vencer. Entonces, desafió a
la tortuga a una nueva competencia. Esta vez, la liebre corrió sin descanso
desde el principio hasta el fin y su triunfo fue contundente. Moraleja:
"Los rápidos y tenaces vencen a los constantes y perseverantes". La
historia tampoco termina aquí...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









