El fuego ardiente del amor es una llama divina. El agua de todos
los mares no puede apagarla ni tampoco los ríos pueden extinguirla. Por una de
sus caricias es capaz de dejarlo todo. Al cabo no le interesa tener riquezas
que no sean del corazón. No busca en vidas pasadas medallas ni recompensas. Su
vida empieza y acaba tan solo cuando lo besa. Una pasión ardiente, pero donde
hay amor, un cuerpo aunque sea fantástico, no es nada si no hay un corazón
amoroso. Cuando su alma necesita un cuerpo que acariciar, solo recuerda el
suyo. Observa su rostro y ve un mar de amor y pasión. Un deseo ardiente, una
mirada de emociones y sentimientos. Encuentra en su mirada un nombre… el suyo.
Su amor es un fuego ardiente que se prende con el oxígeno de sus besos. Decía
Dante Alighieri que: “Se sabe cuan poco dura en la mujer la ardiente llama del
amor, cuando la mirada y la mano, no son capaces de avivarla de continuo”. Siente vibrar su piel en sus manos y une sus
latidos con los suyos, muere de placer entre sus brazos ¡Hasta perder todos los
sentidos! En silencio, sin decir palabra, con miradas pronuncia “TE AMO”
apoyándose en su pecho ardiente, entregándose completamente, saboreándolo
despacio y embriagándose de amor con su fragancia.
