Un visir había servido lealmente a un sultán durante treinta años.
Esto le había ganado en la corte muchos enemigos, que difundieron falsas
historias que llegaron a oídos del sultán, el cual ordeno arrojar, a los perros
feroces, al hombre que le había servido fielmente durante tantos años. Antes de
ser ejecutado, el visir logró que se le concediera un último deseo: “Diez días
de gracia para que arreglara sus asuntos personales”. El visir corrió a su
casa, recogió cien monedas de oro y se las ofreció al cazador que cuidaba los
perros del sultán con tal de que lo dejara cuidar a los perros durante diez
días”. El cazador accedió y el visir cuidó de las bestias con suma atención,
limpiándolas, cepillándolas y alimentándolas de lo mejor. Al final del décimo
día, los perros comían de sus manos. El día de la ejecución fue arrojado a los
perros quienes al verlo corrieron hacia él meneando la cola, le lamieron
afectuosamente los hombros y comenzaron a juguetear a su alrededor. El sultán quedo
pasmado! Y le preguntó al visir por qué los perros le habían perdonado la vida,
a lo que el visir contestó: “Estuve cuidando de estos perros durante diez días.
Usted ha visto los resultados con sus propios ojos. Al sultán lo he cuidado
durante treinta años, ¿y cuál es el resultado? Me condena a muerte”. (El libro
árabe de la Sabiduría)
