El zapatero del poblado de Chelm era un personaje conocido por
todos los de la comunidad. No había uno solo de los habitantes de la población
que no calzara zapatos surgidos de sus manos. Hacia zapatos finos para los
ricos y zapatos humildes para los pobres. Pero un día llegó la desgracia. Uno
de los vecinos lo ofendió, le insultó y el zapatero lo mató por lo que fue llevado
a juicio acusado de asesinato y sentenciado a morir en la horca provocando la desaprobación
en la atestada sala. Uno de los presentes se puso de pie y le dijo al juez: “Su
señoría, ¡usted ha sentenciado a muerte a nuestro único zapatero! ¿Quién va a
hacer ahora nuestros zapatos y a repararlos cuando ya estén deteriorados?”.
Todos los presentes apoyaron la protesta. El juez consideró validó la queja y
reconsideró su veredicto: “Tienen ustedes razón, el zapatero es indispensable y
sin él tendríamos un grave problema, porque no hay otra persona que ejerza su
oficio. Así que en su lugar, y como tenemos dos techadores en la ciudad, en
lugar del zapatero ahorquemos a uno de ellos y asunto arreglado”. Y así lo
hicieron… (Nathan Ausubel)
