Basta mirar cualquier indicador sobre maltrato y relaciones disfuncionales
(en la familia, en el trabajo, con los amigos, etc.) para darse cuenta de que los llamados "males
del amor" ya conforman un problema de salud pública. ¿Quién dijo que hay
que soportarlo todo o resignarnos a una vida insípida y sin sentido, por necesidad,
apego o amor a un empleo o una persona en particular? Reconocer que existen
ciertos límites afectivos implica aceptar la posibilidad de modificar la
relación en un sentido positivo o simplemente alejarse y no estar en el lugar
equivocado, aunque duela la decisión. Existe un punto donde la línea de lo no
negociable se desdibuja y perdemos el norte por lo que es urgente hacer una
revolución afectiva, y esto es válido para ambos géneros y para cualquier tipo
de relación. Para lograr modificar los paradigmas que tenemos sobre las
relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales a la
luz de un conjunto de valores renovados. Lo primero que tenemos que hacer es
reconocer los límites de una relación (consanguínea, por afectividad natural,
laboral, etc.) saludable y analizar porque nos cuesta tanto poner límites a
esas relaciones. No menos importante debemos diferenciar entre la entrega irracional,
autodestructiva y denigrante que promueve la cultura de la abnegación (¿a los
hijos? ¿a la empresa? ¿a mi mejor amigo?) y la dedicación saludable, que
sugiere amar sin renunciar a uno mismo! “Te quiero, porque me quiero a mi
mismo, porque no me odio”. Coincidimos
con Epícteto cuando decía que: “Cada cual
se tasa libremente en alto o bajo precio, y nadie vale sino lo que se hace
valer; tásate, pues, como libre o como esclavo: esto depende de ti.”
