lunes, 17 de abril de 2017

¡Nada es perfecto! Por eso el lapiz tiene borrador


Basta mirar cualquier indicador sobre maltrato y relaciones disfuncionales (en la familia, en el trabajo, con los amigos, etc.)  para darse cuenta de que los llamados "males del amor" ya conforman un problema de salud pública. ¿Quién dijo que hay que soportarlo todo o resignarnos a una vida insípida y sin sentido, por necesidad, apego o amor a un empleo o una persona en particular? Reconocer que existen ciertos límites afectivos implica aceptar la posibilidad de modificar la relación en un sentido positivo o simplemente alejarse y no estar en el lugar equivocado, aunque duela la decisión. Existe un punto donde la línea de lo no negociable se desdibuja y perdemos el norte por lo que es urgente hacer una revolución afectiva, y esto es válido para ambos géneros y para cualquier tipo de relación. Para lograr modificar los paradigmas que tenemos sobre las relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales a la luz de un conjunto de valores renovados. Lo primero que tenemos que hacer es reconocer los límites de una relación (consanguínea, por afectividad natural, laboral, etc.) saludable y analizar porque nos cuesta tanto poner límites a esas relaciones. No menos importante debemos diferenciar entre la entrega irracional, autodestructiva y denigrante que promueve la cultura de la abnegación (¿a los hijos? ¿a la empresa? ¿a mi mejor amigo?) y la dedicación saludable, que sugiere amar sin renunciar a uno mismo! “Te quiero, porque me quiero a mi mismo, porque no me odio”. Coincidimos con Epícteto cuando decía que: “Cada cual se tasa libremente en alto o bajo precio, y nadie vale sino lo que se hace valer; tásate, pues, como libre o como esclavo: esto depende de ti.”