domingo, 7 de mayo de 2017

Cuando ya no hay nada que hacer




Cierta vez, encontré una frase que sin entenderla me llamó la atención.  Decía exactamente así: “Lentamente caen las hembras melancólicas al río. Hay veces que setiembre es una fuga de mujeres pálidas menstruando sin piedad en las escalinatas de los muelles. Luego se arrojan distraídamente. Nunca más se las ve.” (Erica Sirfim). Leí esas palabras durante una y otra vez, muchas noches y hasta las aprendí de memoria sin entender su significado. Pasaron muchos años hasta que un día por casualidad observe en el televisor una escena en la que un periodista entrevistaba a una mujer que hablaba sobre libros. Al pie de la pantalla indicaban que esa mujer era Erica Sirfim. Era ella, la autora de aquellas palabras. El programa era uno de ésos en los que el público tiene la posibilidad de participar telefónicamente y marqué el número con nerviosismo varias veces, hasta que logré comunicarme. En ese instante y al aire dije: —«Lentamente caen las hembras melancólicas al río...» —recité de memoria. La cámara volvió a la cara de Erica. —«...hay veces que setiembre es una fuga de mujeres pálidas...» —continuó ella…El director del programa pareció desorientarse tanto como lo estaba el periodista, ya que la imagen mostró durante algunos segundos la cara de Erica. Inmediatamente dieron paso a un corte comercial: —¿Quién sos? —me preguntó entonces la voz de Erica. —Quiero conocerte, Erica —le dije. —¿Es por lo que escribí? —me preguntó. —Tal vez. Pero no solamente por eso. —Bueno —dijo finalmente. —Espérame en la puerta del canal. Salgo para allá –le dije. Cuando llegue ella estaba allí parada esperándome. —«Luego se arrojan distraídamente...» —le dije a modo de contraseña cuando estuve a su lado. —«...Nunca más se las ve» —me respondió sin sonreír. —¿Por qué aceptaste? —pregunté. —No sé. Esto es muy raro. —Es muy raro... sí, muy raro. —Nadie recuerda esas palabras que escribí —me dijo. —Yo nunca pude olvidarlas —confesé. —¿Las entendiste? —Más que eso: las sentí. Esta noche, al verte, me di cuenta de que esas palabras no estaban escritas para ser entendidas a partir de su significado, de su relación con las cosas que representaban... esas palabras estaban escritas para que una persona, una única e individual persona, las sintiera como yo las sentía. Un código indescifrable que estaba oculto en lo que vos escribiste; ese código que me dedicaste, Erica, que vos inventaste para mí cuando escribiste aquello. Esta noche, cuando te vi, supe que vos me habías escrito eso y te habías sentado a esperar que yo apareciera y te buscara. —¿Por qué tardaste tanto? —me preguntó al fin. —Pasaron quince años desde el día que lo escribí —intentó justificarse—. Eso es demasiado tiempo para una mujer sola. —¿Es tarde, Erica? —pregunté. —Es tarde —respondió. —No me podes acusar por haber pensado que no existías —dijo. —Te puedo acusar por haberte conformado —le dije, hiriente. Se paró, cerró su abrigo y me miró con pena:  —A veces —me dijo en voz muy baja— llegar tarde es igual a no llegar. La miré alejarse por la calle oscura, abrazando su abrigo y sin darse vuelta, y luego yo también me marché. (Gustavo Albanece)