Cierta vez, encontré una frase que sin entenderla me llamó la
atención. Decía exactamente así: “Lentamente caen las hembras melancólicas al
río. Hay veces que setiembre es una fuga de mujeres pálidas menstruando sin
piedad en las escalinatas de los muelles. Luego se arrojan distraídamente.
Nunca más se las ve.” (Erica Sirfim). Leí esas palabras durante una y otra
vez, muchas noches y hasta las aprendí de memoria sin entender su significado.
Pasaron muchos años hasta que un día por casualidad observe en el televisor una
escena en la que un periodista entrevistaba a una mujer que hablaba sobre
libros. Al pie de la pantalla indicaban que esa mujer era Erica Sirfim. Era
ella, la autora de aquellas palabras. El programa era uno de ésos en los que el
público tiene la posibilidad de participar telefónicamente y marqué el número
con nerviosismo varias veces, hasta que logré comunicarme. En ese instante y al
aire dije: —«Lentamente caen las hembras melancólicas al río...» —recité de
memoria. La cámara volvió a la cara de Erica. —«...hay veces que setiembre es
una fuga de mujeres pálidas...» —continuó ella…El director del programa pareció
desorientarse tanto como lo estaba el periodista, ya que la imagen mostró
durante algunos segundos la cara de Erica. Inmediatamente dieron paso a un
corte comercial: —¿Quién sos? —me preguntó entonces la voz de Erica. —Quiero
conocerte, Erica —le dije. —¿Es por lo que escribí? —me preguntó. —Tal vez.
Pero no solamente por eso. —Bueno —dijo finalmente. —Espérame en la puerta del
canal. Salgo para allá –le dije. Cuando llegue ella estaba allí parada esperándome.
—«Luego se arrojan distraídamente...» —le dije a modo de contraseña cuando
estuve a su lado. —«...Nunca más se las ve» —me respondió sin sonreír. —¿Por
qué aceptaste? —pregunté. —No sé. Esto es muy raro. —Es muy raro... sí, muy
raro. —Nadie recuerda esas palabras que escribí —me dijo. —Yo nunca pude
olvidarlas —confesé. —¿Las entendiste? —Más que eso: las sentí. Esta noche, al
verte, me di cuenta de que esas palabras no estaban escritas para ser
entendidas a partir de su significado, de su relación con las cosas que
representaban... esas palabras estaban escritas para que una persona, una única
e individual persona, las sintiera como yo las sentía. Un código indescifrable
que estaba oculto en lo que vos escribiste; ese código que me dedicaste, Erica,
que vos inventaste para mí cuando escribiste aquello. Esta noche, cuando te vi,
supe que vos me habías escrito eso y te habías sentado a esperar que yo
apareciera y te buscara. —¿Por qué tardaste tanto? —me preguntó al fin. —Pasaron
quince años desde el día que lo escribí —intentó justificarse—. Eso es
demasiado tiempo para una mujer sola. —¿Es tarde, Erica? —pregunté. —Es tarde
—respondió. —No me podes acusar por haber pensado que no existías —dijo. —Te
puedo acusar por haberte conformado —le dije, hiriente. Se paró, cerró su
abrigo y me miró con pena: —A veces —me
dijo en voz muy baja— llegar tarde es igual a no llegar. La miré alejarse por la
calle oscura, abrazando su abrigo y sin darse vuelta, y luego yo también me
marché. (Gustavo Albanece)
