domingo, 7 de mayo de 2017

El desastre quema todos nuestros errores


En diciembre de 1914, un incendio destruyó virtualmente el laboratorio de Thomas Alva Edison. Aunque el daño excedía los dos millones de dólares, los edificios sólo estaban asegurados por US$ 238,000  pues estaban hechos de concreto y se los consideraba a prueba de incendio. Gran parte de su obra se consumió en las espectaculares llamas de aquella noche. Cuando el fuego era más intenso, Charles, su hijo de veinticuatro años, apareció buscando frenéticamente a su padre entre el humo y los escombros. Por fin lo encontró contemplando con toda tranquilidad la escena, con la cara iluminada por los reflejos y el pelo blanco agitado por el viento. “Me dolía el corazón por él -contaba Charles-. Tenía sesenta y siete años; ya no era joven y todo se estaba consumiendo en el incendio. Al verme gritó: “¿Dónde está tu madre, Charles?” Cuando le respondí que no lo sabía, me ordenó: “¡Ve a buscarla y tráela! -Jamás verá algo parecido en el resto de su vida.” A la mañana siguiente, observando las ruinas, Edison dijo: -El desastre tiene un gran valor. Quema todos nuestros errores. Gracias a Dios, podemos empezar de nuevo. Tres semanas después del incendio, Edison se las compuso para entregar el primer fonógrafo.