viernes, 12 de mayo de 2017

No se lo digas a nadie


A todos nos ha sucedido alguna vez. Revelamos a alguien cercano una información confidencial y un tiempo después descubrimos que el secreto “ya no es secreto”. Mart dijo en una ocasión que: “La mejor fuente de información son las personas que han prometido no contárselo a otras”. Nuestro confidente sucumbe a la tentación del “¿Sabes qué?” y transmite la novedad a una persona de confianza, con la coletilla final de “no se lo digas a nadie”. Este segundo receptor, al estar desvinculado de la fuente principal, lo cuenta a otro y así se propaga a otros tantos. En poco tiempo la información se ha convertido en patrimonio de muchos. Benjamín Franklin escribió: “Tres podrían guardar un secreto si dos de ellos hubieran muerto”. El acto de compartir con otra persona nuestro secreto es una muestra de amistad y confianza. No obstante, con ello cargamos en el otro una responsabilidad que no ha elegido tomar desde el momento en el que decimos “¿podrás guardarme un secreto?”. Aunque la respuesta sea afirmativa, la probabilidad de que el pájaro de la confidencia escape de la jaula es altísima. Beethoven decía: “No confíes tu secreto ni al más íntimo amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”. Para que los demás no comercien con nuestra vida privada y la tergiversen, tenemos dos soluciones extremas: el silencio o la total transparencia. De un tiempo acá he seguido la recomendación de Khalil Gibran: "Viaja y no lo digas a nadie. Vive una verdadera historia de amor y no lo digas a nadie. Vive Feliz y no lo digas a nadie. La gente arruina las cosas hermosas".