A todos nos ha sucedido alguna vez. Revelamos a alguien cercano
una información confidencial y un tiempo después descubrimos que el secreto “ya
no es secreto”. Mart dijo en una ocasión que: “La mejor fuente de información
son las personas que han prometido no contárselo a otras”. Nuestro confidente sucumbe
a la tentación del “¿Sabes qué?” y transmite la novedad a una persona de
confianza, con la coletilla final de “no se lo digas a nadie”. Este segundo
receptor, al estar desvinculado de la fuente principal, lo cuenta a otro y así
se propaga a otros tantos. En poco tiempo la información se ha convertido en patrimonio
de muchos. Benjamín Franklin escribió: “Tres podrían guardar un secreto si dos
de ellos hubieran muerto”. El acto de compartir con otra persona nuestro
secreto es una muestra de amistad y confianza. No obstante, con ello cargamos
en el otro una responsabilidad que no ha elegido tomar desde el momento en el
que decimos “¿podrás guardarme un secreto?”. Aunque la respuesta sea
afirmativa, la probabilidad de que el pájaro de la confidencia escape de la
jaula es altísima. Beethoven decía: “No confíes tu secreto ni al más íntimo
amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”. Para que
los demás no comercien con nuestra vida privada y la tergiversen, tenemos dos
soluciones extremas: el silencio o la total transparencia. De un tiempo acá he
seguido la recomendación de Khalil Gibran: "Viaja y no lo digas a nadie.
Vive una verdadera historia de amor y no lo digas a nadie. Vive Feliz y no lo
digas a nadie. La gente arruina las cosas hermosas".
