“Nosotros, los de antes, decía Neruda, ya no somos los mismos”.
Aquellos que amábamos cada hora y cada día en un desafío como el de los hombres
antiguos que vivían pendientes de mantener encendido el fuego. Nosotros los de
antes no dejábamos de alimentar el amor a veces a punto de apagarse con el
temor de que nuestra alma volviera a la oscuridad. Entonces, con un gesto o una
palabra tierna, como grandes aliados del amor, levantábamos llamas y avivábamos el fuego con
luz y calor. ¿Será que nosotros los románticos ya no tenemos sitio en este
mundo? Nosotros, los de antes despertábamos el amor dentro de nosotros mismos
antes de despertar el amor en los demás porque entendíamos que solo así
podíamos atraer el afecto, el entusiasmo y el respeto. Nosotros, los de antes creíamos
en los asombrosos poderes del abrazo humano por encima de la vida indolora que
la civilización del consumo vende en los supermercados. Hoy no existe dolor,
solo resignación e indiferencia, la más absoluta falta de sentimientos. ¿Por
qué será que cuando uno sacude el cajón de los recuerdos, son los recuerdos los
que terminan sacudiéndolo a uno? A veces hay que aceptar el hecho de que
ciertas cosas nunca van a volver a ser como eran antes. Nosotros los de antes,
los que ya crecimos nos damos cuenta de porque Peter Pan no quería crecer. Y no
me llames loco solo porque mi realidad es diferente a la tuya…
