Hace pocos días enterramos a un amigo. Cuando íbamos saliendo del
cementerio me acordé de algunos versos del poema Rima LXXIII de Bécquer que
dice:
“Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos,
taparon su cara con un blanco lienzo,
y unos sollozando, otros en silencio,
de la triste alcoba todos se salieron….
De la casa, en hombros, lleváronla al templo
y en una capilla dejaron el féretro.
Allí rodearon sus pálidos restos
de amarillas velas y de paños negros….
Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto
todo se encontraba que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!...
El luto en las ropas, amigos y deudos
cruzaron en fila formando el cortejo.
Del último asilo, oscuro y estrecho,
abrió la piqueta el nicho a un extremo.
Allí la acostaron, tapiáronle luego,
y con un saludo despidióse el duelo….
La noche se entraba, el sol se había puesto:
perdido en las sombras yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!...
¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo que explicar no puedo,
algo que repugna aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes, tan solos los muertos.”
