A veces llega un día en el que no te quedan fuerzas para nada, en
el que todas tus ilusiones se han desvanecido, en el que sientes que ya no te
queda nada por que luchar, en el que ya no sales de tu hogar, en el que ya ni
te molestas por arreglarte. Fastidiado por mantener la ira, de estar furioso,
de levantarte cada día sabiendo que esta lucha es una pérdida absoluta.
Intentas todo pero… siempre te falta algo. Llegas al límite cuando dejas de soportar algo porque ya no
puedes, no porque ya no quieres. ¿Sabes cuándo te das cuenta que estás al límite?
Cuando un día, por una estupidez, te vienen las lágrimas a los ojos. Cuando una
palabra o un gesto insignificante te afectan profundamente. No significa ser
frágil o débil, sino haber soportado demasiadas cosas, demasiado tiempo. Decía
Edmundo Burke que: “Hay un momento límite en el que la paciencia deja de ser
virtud”. Llegas al límite de no poder seguir sonriendo y decir “Estoy bien”;
empiezas a llorar sin ningún motivo porque “Estas cansado”. Hay batallas que no
pueden ganarse. Si sientes que cada paso es un castigo, ríndete, lo has
intentado, has luchado con valor pero déjalo ya, deja de castigarte… Coincido
con Elena Poe cuando dijo: “Entonces el mundo cree que vives enojado cuando en
realidad solo estás cansado de lidiar con aquello que te lastima, renuncias y
está bien…”
