Los griegos nunca se pusieron de acuerdo sobre qué hizo Tántalo,
quien tantas veces había compartido mesa y manjares con los dioses, para acabar
tan mal. Unos opinaban que les robó néctar y ambrosía para dárselo a sus
amigos. Otros, que no pudo evitar divulgar los secretos que los dioses
revelaron en su presencia. Los más, que se atrevió a poner a prueba la
omnisciencia divina haciéndoles probar la carne de su propio hijo, Pélope. El caso es que el castigo impuesto fue implacable,
retorcido, atroz. Condenado a permanecer eternamente en un lago con el agua
hasta el cuello y árboles cargados de fruta sobre la cabeza, no podía Tántalo
saciar ni la sed ni el hambre porque, cada vez que lo intentaba, el agua era
absorbida por la tierra y las ramas, elevadas por un viento repentino. Se dice que la nuestra es una sociedad
tantálica. Sólo hay que echar una ojeada a los anuncios para entenderlo: bellos
cuerpos, fiestas fantásticas, vestidos de marca, perfumes exclusivos, coches de
lujo, casas de ensueño... Todo el mundo sabe que Dubái, situado en el desierto
de Arabia, es un lugar diferente, con sus mega-construcciones y, porque no,
también sus mega-excentricidades. ¿Un coche bañado en oro? ¿Conducir con un
guepardo como copiloto? ¿Una máquina expendedora de pequeños lingotes de oro? Todo
tan cerca de nuestros ojos, todo tan lejos de nuestro alcance... ¡Ah!, ¿Y qué
mal habremos hecho nosotr@s, honrad@s ciudadan@s de a pie, para merecer
semejante tortura?