Desde muy pequeños, nuestros padres nos prepararon para el éxito.
Éxito en los estudios, éxitos en las competencias y concursos, éxito en lo
profesional, sentimental y familiar. Nada ni nadie nos hizo pensar en la posibilidad
del fracaso y en la necesidad de capacitarnos para tal experiencia. Nunca
escuchamos un consejo de nuestros padres respecto a qué hacer en medio del
fracaso. ¡No estamos preparados para el fracaso! Comúnmente, se escuchan
exhortaciones, instrucciones, los requisitos y los ingredientes necesarios y
suficientes para evitar los fracasos, sin embargo, escasean las voces
experimentadas que exhorten, instruyan y consuelen en tiempos de fracasos y
angustia. Existen elevados y nutridos ensayos a fin de formar hijos ejemplares,
padres ejemplares, matrimonios ejemplares, líderes ejemplares o ciudadanos
ejemplares, pero nadie se atreve a tocar la otra cara de la moneda; la cara
triste y oscura del fracaso ¿Es que acaso existen hombres que nunca han fracasado
en alguna oportunidad? Sin embargo, el fracaso no es el fin del mundo, ni
tampoco el final de aquello en lo que se ha fracasado. Un fallo es un
contratiempo que debe ser analizado y descubrir su porqué: metas desmesuradas,
poco esfuerzo invertido, escasa preparación, exigencias excesivas, fallos de
terceras personas, momento inadecuado, etc... Hay mil y una razones y cada cual
debe encontrar las que han motivado su propio fracaso. Reconoce tus propios
errores, corrige y supera tus fallos y planea nuevas estrategias de
comportamiento y actuación.
