En cierta oportunidad, hablando el rey Hierón de Siracusa con uno
de sus enemigos, éste le recriminó al rey que tenía mal aliento. Hierón,
consternado, en cuanto volvió a su vivienda le dijo, en tono de reproche, a su
esposa: -¿Cómo es que nunca me dijiste que yo tenía este problema? La esposa,
una mujer simple, casta e inocente, le contestó: - Señor ¡yo pensé que el
aliento de todos los hombres olía como el tuyo! Esto muestra que muchas veces nos enteramos de nuestros errores y
carencias más evidentes, ya sean físicos o de otra índole, y que resultan
notorios y evidentes para todo el mundo, antes por parte de nuestros enemigos
que por nuestros amigos y familiares. (Plutarco)
