La profesión docente es una actividad ambivalente. Hay profesores
que viven la enseñanza con alegría, que la convierten en el eje de su
autorrealización personal, que piensan en cada hora de clase como una aventura
imprevisible a la que acuden dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, y que, al
echar la vista atrás, justifican el valor de su propia vida pensando que han
ayudado a miles de alumnos, a lo largo de varias generaciones, a ser mejores
personas y a entender mejor el mundo que les rodea, haciéndoles más libres, más
inteligentes, más críticos, más fuertes y más preparados para vivir una vida
propia. Sin embargo, para otros profesores la docencia es una fuente
permanente de tensión capaz de romper su propio equilibrio personal, cada clase
es una amenaza imprevisible a la que acuden dispuestos a defenderse de unos
alumnos a los que perciben como un enemigo al que no pueden dar la mínima
ventaja y ante los que están en alerta permanente. Conscientes de que no van a
ganar el combate, esperan, como el boxeador noqueado, que les salve la campana
que marca la llegada de la jubilación. Es importante la entrega personal de quien ha elegido la profesión
docente con el entusiasmo y la dedicación que suelen acompañar a la vocación;
pero ambos conceptos encierran al maestro en un enfoque nefasto del éxito y del
fracaso escolar porque se ha demostrado que los docentes más entusiastas y
dedicados son los que presentan un mayor riesgo, ya que son los que presentarán
una mayor desilusión y disgusto al comprobar la diferencia existente entre el
marco ideal y real de su trabajo.
