“Jesús dijo: — Un hombre tenía
dos hijos. Un día, el menor le dijo a su padre: “Papá, dame la parte de tu
propiedad que me toca como herencia.” Su padre accedió y el hijo menor se fue a
otro país a darse gustos, hacer lo malo y a gastar todo el dinero. Al quedarse
sin nada comenzó a pasar hambre. Entonces buscó trabajo y lo mandaron a cuidar
cerdos. Tal era su hambre que le daban ganas de comer el alimento de los
cerdos, pero nadie se la daba. Comprendió lo tonto que había sido, y pensó: “En
la finca de mi padre los trabajadores comen lo que desean, y yo aquí me muero
de hambre. Volveré a mi casa y le diré a mi padre que me he portado muy mal con
él, que no merezco ser su hijo, pero que me dé empleo y un trato como cualquiera
de sus trabajadores.” Cuando regresó a la casa, su padre corrió hacia él y lo recibió
con abrazos y besos. El joven le dijo: “¡Papá, me he portado muy mal contigo! ¡No
merezco ser tu hijo!” Pero antes de que el muchacho terminara de hablar, el padre
llamó a los sirvientes y les dijo: “¡Pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo.
Maten el ternero más gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo ha regresado! Se había perdido
y lo hemos encontrado.” Hace poco leí una historia de un padre y su hijo
adolescente, llamado Paco, quienes tuvieron una gran pelea y habían roto
relaciones. Después que el hijo huyó de la casa, el padre comenzó un largo
viaje en busca de él. Finalmente, y como último recurso, el padre puso un
anuncio en el periódico local en Madrid, en el que decía: «Querido Paco,
reúnete conmigo frente a la oficina del periódico mañana al mediodía… todo está
perdonado… te amo». A la mañana siguiente, frente a la oficina del periódico
había 800 hombres llamados Paco, que deseaban restaurar una relación rota.”
