Cuando Cristóbal Colon trataba de conseguir fondos para llevar a
cabo sus legendarios viajes, muchos de los que lo rodeaban creían que provenía
de la aristocracia italiana! Hijo de un tal conde Colombo, a su vez
descendiente de un general romano llamado Colonio. También se decía que dos de
sus primos hermanos eran descendientes de un emperador de Constantinopla. Todo
era una ilustre fantasía ya que Colon era, en realidad, el hijo de Doménico
Colombo un humilde tejedor y vendedor de quesos. Su falsa historia de origen
noble le permitió casarse con una joven de una reconocida familia de Lisboa que
tenía conexiones con la realeza de Portugal. Sus relaciones portuguesas le
permitieron moverse en los altos círculos de la corte española y que la reina
Isabel le concediera una audiencia. Colon no sabía nada del mar! Era incapaz de
determinar la latitud y la longitud de las tierras descubiertas y llego a
confundir islas con vastos continentes. Pero en una cosa era un verdadero
genio: Sabía venderse. La capacidad de fascinar a otros provenía de su porte y
de su actitud. Una sensación de confianza que no guardaba relación alguna con
sus medios y recursos pero que lo había convencido de que había sido destinado
para la grandeza. Está en sus manos fijar su propio precio. ¡Su actitud refleja lo
que usted piensa de sí mismo! Si pide poco, arrastra los pies y baja la cabeza,
la gente supondrá que ese es el reflejo de su carácter. En cambio, si cree que
esta está destinado a realizar grandes cosas, su convicción irradiara su brillo
de la misma manera en que una corona crea un aura en torno a un rey. Y esa aura
deslumbrara a quienes le rodeen...
