Todos tendemos a pensar que vemos las cosas como son, que somos
objetivos. Pero no es así. Vemos el mundo, no como es, sino como somos nosotros
o como se nos ha condicionado para que lo veamos. Cuando abrimos la boca para
describir lo que vemos, en realidad nos describimos a nosotros mismos, a
nuestras percepciones, a nuestros mitos, prejuicios o paradigmas (creencias
establecidas o verdades a medias). Los paradigmas son poderosos porque crean
los cristales o las lentes a través de los cuales vemos el mundo sin embargo,
los paradigmas pueden ser desbancados y hasta cambiar. Algunos paradigmas son
dañinos y generadores de problemas significativos que son afrontamos todos los
días y que no pueden solucionarse en el mismo nivel de pensamiento en el que
estábamos cuando los creamos y que deben ser abordados con un cambio de enfoque.
Un enfoque de adentro hacia afuera. Si uno quiere
tener un hijo más agradable y cooperativo, debe ser un padre más comprensivo,
empático, coherente, cariñoso. Si un hijo quiere tener más libertad, debe ser
más responsable, más útil, más colaborador. ¿Cómo lograrlo? Realizando cambios
desde la raíz en un proceso que probablemente será doloroso pero motivado por
un propósito superior, por la disposición a subordinar lo que uno cree que
quiere ahora a lo que querrá más adelante. Sin embargo, nadie puede convencer a
otro de que cambie. Cada uno de nosotros custodia una puerta del cambio que
sólo puede abrirse desde adentro. No podemos abrir la puerta de otro, ni con
argumentos ni con apelaciones emocionales. Usted decide…
