Nos acostumbramos a vivir en nuestra casa y a no tener otra vista
que no sean las ventanas de los edificios que nos rodean. Y como estamos
acostumbrados a no ver más que ventanas y edificios, nos acostumbramos a no
mirar hacia afuera. Como no miramos hacia afuera, nos acostumbramos a no abrir
del todo las cortinas. Al no abrir completamente las cortinas nos acostumbramos
a encender la luz antes. Nos acostumbramos tanto, que olvidamos el sol,
olvidamos el aire, olvidamos el paisaje. Nos acostumbramos a despertar
sobresaltados porque se nos hizo tarde. A tomar rápido el desayuno porque
llegamos tarde. A comer un sándwich porque no tenemos tiempo para comer a
gusto. A salir del trabajo cuando ya anocheció. A cenar rápido y dormir con el
estómago pesado sin haber vivido el día, porque tenemos que ir a trabajar
temprano. Si el trabajo resulta duro, nos consolamos pensando en el fin de
semana. Y cuando llega el fin de semana, nos aburrimos y deseamos que llegue el
lunes para ir a trabajar. Nos acostumbramos tanto a este estilo de vida, que
parece que estamos ahorrando vida por miedo a gastarla, y al final, nos olvidamos de vivir. Salomón
dijo una vez: “Acuérdate de tu Creador ahora que eres joven y que aún no han
llegado los tiempos difíciles; Llegará el día en que digas: “No da gusto vivir
tantos años”
