“Un domingo por la mañana en el metro la gente estaba
tranquilamente sentada, leyendo el periódico o descansando con los ojos
cerrados. Entonces, de pronto, entraron en el vagón un hombre y sus hijos. Los
niños eran tan alborotadores e ingobernables que de inmediato se modificó todo
el clima. El hombre se sentó junto a mí y cerró los ojos, en apariencia
ignorando y abstrayéndose de la situación. Los niños vociferaban de aquí para
allá, arrojando objetos, incluso arrebatando los periódicos de la gente. Era
muy molesto. Pero el hombre sentado junto a mí no hacía nada. Se veía que las
otras personas que estaban allí se sentían igualmente irritadas. De modo que,
finalmente me volví hacia él y le dije: «Señor, sus hijos están molestando a
muchas personas. ¿No puede controlarlos un poco?». El hombre alzó los ojos como
si sólo entonces hubiera tomado conciencia de la situación, y dijo con
suavidad: «Oh, tiene razón. Lo que sucede es que volvemos del hospital donde su
madre ha muerto hace más o menos una hora. No sé cómo reaccionar y supongo que ellos
tampoco». Mi paradigma cambió. De pronto vi las cosas de otro modo, y como las
veía de otro modo, pensé de otra manera, sentí de otra manera, me comporté de
otra manera. Mi irritación se desvaneció y fui invadido por el dolor de aquel
hombre. Libremente fluían sentimientos de simpatía y compasión. « ¿Su esposa
acaba de morir? Lo siento mucho... ¿Cómo ha sido? ¿Puedo hacer algo?» Todo
cambió en un instante…
