Joe era un alcohólico que se convirtió, milagrosamente, en una
misión de un barrio neoyorquino lleno de gentes de mal vivir. Antes de su
conversión, se había ganado la fama de ser un borrachín sin remedio destinado a
una existencia miserable. Sin embargo, tras convertirse, emprendió una nueva
vida con Dios y se volvió la persona más bondadosa que se había visto en la
misión. Joe pasaba los días y las noches en la misión desempeñando cualquier
tarea que hiciera falta. No había nada que le pareciera indigno, lo mismo
limpiaba el vómito de un alcohólico, que los baños que aquellos hombres
descuidados dejaban tan sucios. Con una sonrisa en los labios, hacía cuanto se
le pidiera, visiblemente agradecido por la oportunidad de ayudar. Se podía
contar con él tanto para dar de comer a los que llegaban débiles de la calle
como para acostar a los que estaban casi inconscientes. Una noche, mientras el
director de la misión pronunciaba el acostumbrado mensaje a esos hombres
silenciosos y rudos que mantenían la cabeza baja, uno de ellos levantó la
vista, se arrodilló y gritando imploró a Dios que lo ayudara a cambiar: “¡Dios,
hazme como Joe! . . . ¡Dios, hazme como Joe! ” gritaba el hombre. El director
se acercó a él, se inclinó y le dijo: - Creo que sería mejor que pidiera:
«Hazme como Jesús». El hombre levantó la vista y con una mirada que reflejaba
curiosidad, preguntó: ¿Jesús es como Joe?
