Cuando cumplí dieciocho años, mi padre era tan ignorante que no podía
soportarle. Recuerdo expresiones de aquel entonces, tales como “Algún día me lo
agradecerás… y verás que todo fue por tu bien”. Cuando cumplí veinticinco, me pareció
increíble lo mucho que mi papá había aprendido en siete años. Entonces me di
cuenta que ya me había convertido en un adulto, no porque iba a empezar a
obedecer a mis padre sino porque entendí que ¡El siempre tuvo la razón! Aún recuerdo, con mucha gracia, un rótulo que
hacìa muchos años mi padre había colgado en la pared y que tenía por título: “REGLAS
DE LA CASA”. Constaba únicamente de dos reglas. La primera decía: “Regla No1. Papá
siempre tiene la razón”. “Regla No2. Si papá está equivocado lea la Regla No.1”.
¿Cuantas veces mi padre me enseñó cosas que sólo con el paso de los años logre
comprender? En la sabiduría de mi papá hoy recuerdo consejos que nunca olvidaré
y que estoy transmitido a mis hijos: “La familia siempre está primero”, “¡No
ande descalzo!”, “Abrígate antes de salir a jugar”, “No abras la puerta a los
extraños”, “¿Cómo te fue hoy en tu día?”, “Quien se va sin que lo echen, vuelve
sin que lo llamen”, “El necio habla, el sabio escucha”, “Estudia para que seas
alguien en la vida”, “¿Si tus amigos se tiran de un puente, tú también?”. Un
sabio dijo: “Jamás encontrareis ternura mejor, más profunda, más desinteresada
ni verdadera que la de tu padre”. Cuando comprendemos que nuestro padre tenía razón,
es porque tenemos un hijo que piensa que su padre está equivocado.
